La verdadera historia de Espartaco el gladiador 2022

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¿Conoces la historia real de Espartaco, el gladiador que lideró una rebelión de esclavos que estuvo a punto de conquistar Roma?

En la época de la antigua Roma, Tracia era una región situada en el sudeste de Europa, en los territorios de las actuales Grecia, Bulgaria y Turquía.

Y allí, entre Tracia y Macedonia, vivían los medos, la tribu a la que pertenecía Espartaco.

De su vida se sabe muy poco; ni siquiera su año de nacimiento.

Los cronistas romanos lo describen como un hombre culto.

El historiador griego Plutarco, en sus escritos, menciona que su esposa era la profetisa de su pueblo y, como los puestos en los oráculos solían estar reservados a las familias importantes, se deduce que Espartaco tal vez perteneciera a una familia noble.

En el año 146 antes de Cristo, los romanos habían establecido la provincia de Macedonia, formada por Macedonia, Epiro, Tesalia y partes de Peonia, Iliria y Tracia.

Y a principios del siglo I antes de Cristo, los medos fueron sometidos por las legiones de Roma.

Espartaco fue obligado a incorporarse al ejército como miembro de las tropas auxiliares, pero desertó.

Según explica Plutarco, él y su esposa fueron capturados y, al no ser ciudadanos romanos, los vendieron como esclavos.

Como Espartaco destacaba por su fortaleza física, fue comprado por un mercader que lo llevó a una escuela de gladiadores que era propiedad de Léntulo Batiato y estaba cerca de Capua.

La verdadera historia de Espartaco el gladiador 2022

Allí, Espartaco fue adiestrado para luchar hasta la muerte en la arena y se convirtió en un murmillo, una clase de gladiador que peleaba armado con un gladius (es decir, una espada romana ligera de entre 60 y 85 cm de largo)

Y protegido por un escudo rectangular similar a los empleados por los legionarios, espinilleras, un cinturón de cuero, un protector de brazo y un casco grande, generalmente de bronce, con cresta y visor.

En el año 73 antes de Cristo, Espartaco y otros compañeros suyos, como los galos Crixo y Enomao, el celta Cánico o Casto, del que no se sabe si era celta o romano, planearon una fuga masiva de la escuela de gladiadores.

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El número de esclavos que participaron en el intento de fuga varía de una fuente a otra, pero se estima que rondó los 200, de los cuales lograron escapar unos 70; aunque Cicerón, por ejemplo, escribió que al principio los esclavos rebeldes eran menos de 50.

En cualquier caso, pese a su reducido número, se apoderaron de utensilios de cocina y, empleándolos a modo de armas, consiguieron huir de la escuela y, en su camino, tuvieron la suerte de cruzarse con un convoy de varios carros con armas y armaduras destinadas a los gladiadores.

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Lo capturaron y, una vez bien equipados, derrotaron a la brigada de soldados que las autoridades romanas, subestimando la fuerza de los amotinados, enviaron en su persecución.

Luego, según los historiadores Floro y Apiano, se refugiaron en el monte Vesubio, donde instalaron su campamento y, desde allí, comenzaron a saquear las localidades cercanas.

Hay diversidad de opiniones acerca de quiénes lideraban a los esclavos.

Aunque los historiadores romanos asumieron que los fugitivos eran un grupo homogéneo con Espartaco como jefe absoluto, es muy posible que esa idea estuviera influida por su propia concepción del mando militar y que, en realidad, los esclavos estuvieran agrupados alrededor de diversos caudillos, como los galos Crixo y Enomao, sin que estos estuvieran subordinados a Espartaco.

Cada vez que los esclavos llevaban a cabo un saqueo, los líderes repartían equitativamente el botín entre todos los hombres, lo que sirvió como reclamo para que muchos esclavos de las villas de los alrededores se unieran a ellos.

Pese a la derrota sufrida por aquel primer contingente de soldados que habían enviado para acabar con ellos, los romanos consideraban a los esclavos rebeldes como un problema de orden civil, en lugar de una amenaza militar.

Además, sus legiones se encontraban lejos, ocupadas en combatir una revuelta en Hispania y en librar la tercera guerra contra Mitrídates VI, rey del Ponto.

Así que, para luchar contra Espartaco y los suyos, enviaron al monte Vesubio a una unidad de 3000 hombres comandados por el pretor Cayo Claudio Glabro.

Este colocó a sus tropas en la base del monte Vesubio, para bloquear el único camino que subía hacia el campamento de los amotinados y con la esperanza de que el hambre obligara a Espartaco a rendirse.

Pero cometió el error de subestimar a sus rivales, y no fortificó su posición.

Los romanos fueron tomados por sorpresa cuando Espartaco y sus hombres emplearon cuerdas hechas con enredaderas para descender por la cara más escarpada del volcán.

Los esclavos atacaron el campamento romano por la retaguardia, mataron a la mayor parte de la milicia y se apoderaron de sus armas.

Tras aquella victoria, que pasó a los libros de Historia como la ‘batalla del Vesubio’, Espartaco, Crixo y Enomao comprendieron que los romanos no tardarían en atacarlos con sus legiones.

Si querían tener alguna posibilidad en las batallas, debían formar un ejército disciplinado; de modo que pasaron el invierno del año 73 al 72 antes de Cristo adiestrando a los nuevos reclutas y organizándolos en infantería y caballería.

El flujo de esclavos que llegaban para engrosar las filas de la rebelión fue aumentando más y más, provenientes de territorios cada vez más lejanos.

Y no solo se unían a él los esclavos, sino también ciudadanos romanos pobres, como pastores, campesinos y veteranos de guerra.

Y es que, por aquel entonces, las tensiones sociales en la República romana eran muy intensas.

Las conquistas de territorios por todo el Mediterráneo habían tenido como consecuencia la afluencia a la península Itálica de productos agrícolas y artesanales muy baratos, provenientes principalmente del norte de África, además de una gran cantidad de esclavos.

Lo que al principio parecían ventajas para la economía romana se transformaron en un grave problema social, ya que a los artesanos y agricultores romanos les costaba competir contra los productos elaborados a muy bajo coste en las provincias conquistadas.

Como consecuencia, la clase media campesina desapareció casi por completo y se crearon grandes latifundios explotados por mano de obra esclava.

Los campesinos que se vieron obligados a vender sus tierras tuvieron que emigrar a las grandes ciudades, como Roma, donde se convirtieron en proletarios pobres, explotados por una minoría de comerciantes ricos y gobernados por la clase senatorial, que acaparaba el poder político.

En cuanto a los esclavos, Espartaco y sus compañeros gladiadores no fueron los primeros en sublevarse.

La guerra de Espartaco es conocida como la Tercera Guerra Servil, ya que, décadas antes, en la isla de Sicilia hubo otras dos guerras provocadas por rebeliones de esclavos, sin relación entre ellas.

La primera fue liderada por Cleón y Eunoo, un esclavo que afirmaba ser un profeta.

La segunda estuvo encabezada por Trifón y Atenión.

En ambos conflictos los esclavos fueron derrotados.

En ese contexto social, el ejército de Espartaco pronto creció hasta alcanzar entre 50.000 y 70.000 efectivos.

La mayoría de los esclavos que se unieron a los rebeldes procedían de zonas rurales, donde solían realizar mucho trabajo físico, por lo que estaban en buena forma para combatir.

Los romanos enviaron contra los rebeldes dos legiones comandadas por el pretor Varinio, que fue derrotado porque, con el objetivo de flanquear a los rebeldes, dividió a sus tropas en tres grupos.

Espartaco supo de aquella maniobra por sus espías y venció a los tres contingentes enemigos atacándolos uno por uno.

Tras esa nueva derrota, los romanos comprendieron que no debían tomarse a la ligera la revuelta de los esclavos.

Espartaco, por su parte, sabía que intentar mantener un conflicto militar prolongado contra la poderosa Roma sería desastroso.

La única opción real para los sublevados era huir del territorio romano.

Dado que eran demasiado numerosos como para tratar de escapar de la península Itálica en barcos, Espartaco decidió que la mejor opción era abandonarla por el norte, cruzando los Alpes, para llegar a territorios que aún no hubieran sido conquistados por los romanos, como Germania, donde podrían vivir en libertad.

Según los cronistas, por aquel entonces uno de los tres grandes líderes de los rebeldes, Enomao, ya había fallecido, aunque se desconoce exactamente cuándo (tal vez fuese en el transcurso de alguna de las incursiones de saqueo que llevaron a cabo durante el invierno).

Según el historiador romano Salustio, los otros dos líderes, Espartaco y Crixo, no estaban de acuerdo en la estrategia a seguir: mientras que Espartaco defendía el plan de escapar de Italia, Crixo creía que podían dirigirse a Roma, derrotando a los ejércitos que salieran a su paso, y conquistar la ciudad.

De modo que el ejército rebelde se dividió en dos.

Espartaco marchó rumbo norte, hacia los Alpes, mientras que Crixo se dirigió hacia Roma con una fuerza de entre 20.000 y 30.000 hombres, mayoritariamente galos, germanos y también romanos pobres, quienes no estaban por la labor de abandonar su tierra natal.

El ejército de Crixo fue interceptado cerca del Monte Gargano por el propretor Arrio, al mando de una sola legión.

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Los historiadores romanos cuentan que, en un primer choque, la legión fue repelida, pero que los esclavos se emborracharon para celebrar la victoria y, cuando Arrio y sus hombres regresaron, los encontraron ebrios y masacraron a dos tercios, incluido el propio Crixo.

A pesar de la escisión de sus tropas, el ejército de Espartaco fue creciendo conforme avanzaba hacia el norte por la incorporación de nuevos voluntarios.

Roma envió contra ellos dos ejércitos, comandados por los cónsules Léntulo y Gelio, pero Espartaco derrotó a ambos en los Apeninos.

Según el historiador romano Apiano, en venganza por la muerte de Crixo, Espartaco obligó a 300 legionarios prisioneros a luchar a muerte entre ellos como si fueran gladiadores.

Quizá lo más inteligente que podía haber hecho el Senado de Roma hubiese sido dejar que los esclavos siguiesen su camino hacia el norte y escapasen de la península…

¡Un problema menos! Sin embargo, el cónsul Cayo Casio Longino, gobernador de la provincia de la Galia Cisalpina, reunió un ejército y aguardó a Espartaco en la ciudad de Módena.

Una vez más, los rebeldes vencieron.

Ya nada se interponía entre ellos y los Alpes.

Pero…

El ejército de Espartaco dio media vuelta y se dirigió de nuevo hacia el sur de la península.

¿Por qué aquel cambio de opinión in extremis? Nadie lo sabe con certeza.

Una de las teorías es que la moral del ejército de Espartaco estaba tan alta tras haber logrado tantas victorias, que creían realmente que podían conquistar Roma en lugar de huir hacia el gélido norte, y que Espartaco tuvo que aceptar la voluntad de sus tropas para conservar su posición como líder.

Sea como fuere, el caso es que, tras regresar al sur, los sublevados se dirigieron hacia Roma a principios del año 71, pero, como Espartaco sabía que no podría derribar sus fortificaciones, no atacó.

Frente a ellos, el pretor Marco Licinio Craso comandaba un ejército formado por 40.000 hombres agrupados en ocho legiones.

Craso era el hombre más rico de Roma, y también el único que se había presentado voluntario para aquella misión.

Desplegó seis legiones en posición defensiva y encomendó a su legado Mumio, al frente de las dos legiones restantes.

La misión de maniobrar en la retaguardia del enemigo, pero Mumio atacó de manera directa a las tropas de Espartaco al ver lo que le pareció una buena oportunidad y fue derrotado.

Tras aquel revés, las legiones de Craso obtuvieron la victoria en varios enfrentamientos, lo que obligó a Espartaco a dirigirse al sur, hacia el estrecho de Mesina.

Según Plutarco, Espartaco hizo un trato con los piratas cilicios para transportarlo a él y a unos 2000 de sus hombres a Sicilia, donde tenía la intención de incitar una revuelta de esclavos y reunir refuerzos.

Sin embargo, fue traicionado por los piratas, que aceptaron el pago y luego abandonaron a los rebeldes.

Craso aprovechó que los rebeldes estaban en Regio, en el extremo sur de la península, para bloquearlos construyendo 65 kilómetros de fortificaciones, con vallas de más de cuatro metros de altura.

El general Pompeyo, quien había estado dirigiendo las legiones en Hispania, se encontraba de regreso en Italia con sus tropas y se dirigía hacia el sur, enviado por el Senado para aplastar a Espartaco.

Craso, al enterarse, intentó negociar la rendición de Espartaco antes de que llegara Pompeyo y le arrebatara la gloria de haber sofocado la revuelta, pero al final no aceptó las condiciones que exigían los rebeldes.

Al no llegar a un acuerdo, Espartaco y su ejército atravesaron las fortificaciones romanas de noche, empleando reses con antorchas atadas a los cuernos como distracción, y se dirigieron hacia Bríndisi con las legiones de Craso persiguiéndolos.

La última batalla de Espartaco fue la conocida como batalla del río Silario, el actual río Sele, cerca de la localidad de Strongoli, y lo que en ella sucedió varía bastante según las versiones de los distintos cronistas.

En general, se cuenta que los hombres de Espartaco estaban acampados en lo alto de una planicie inclinada y las legiones de Craso acamparon muy cerca, en la parte inferior de la planicie.

Los romanos comenzaron a cavar una trinchera, pero algunos grupos pequeños de los rebeldes empezaron a atacarlos y, poco a poco, conforme se incorporaban más romanos y rebeldes a aquella lucha, se inició una batalla a gran escala sin que ni Espartaco ni Craso lo hubieran decidido.

Cuando Espartaco comprendió la magnitud de la pelea, ordenó a todo su ejército formar una línea de batalla.

Según Plutarco, cuando sus hombres le llevaron su caballo a Espartaco, este lo mató con su espada y exclamó: “Si venzo, tendré muchos y hermosos caballos de los enemigos; si fuese vencido, no lo necesitaré”.

Y… no lo necesitó.

Aunque el número de combatientes de ambos bandos era bastante similar, la mayor disciplina de los romanos se impuso y los rebeldes fueron masacrados.

Craso capturó a 6000 prisioneros, a los que crucificó a lo largo del tramo de la vía Apia comprendido entre Roma y Capua.

¿Y qué pasó con Espartaco? Aunque su cuerpo nunca fue hallado, casi todos los historiadores coinciden en que pereció en la batalla.

Según Apiano, Espartaco fue herido en un muslo por una lanza y quedó apoyado en una rodilla, defendiéndose de los enemigos con su escudo hasta que él y sus compañeros próximos fueron rodeados y terminaron perdiendo la vida.

Floro cuenta que el líder rebelde murió como un valiente, peleando en primera línea.

La versión de Plutarco es que Espartaco mató a dos centuriones mientras se abría paso entre romanos y proyectiles, decidido a alcanzar a Craso, pero sus compañeros huyeron y lo dejaron solo, así que los legionarios lo rodearon y acabaron con su vida.

Apiano, en cambio, dice que sus hombres huyeron tras su muerte, no antes…

¿Qué versión es la correcta? Tal vez ninguna…

Aunque Craso había demostrado ser un buen líder militar y había arriesgado su propia vida para acabar con Espartaco, al final la gloria se la llevó Pompeyo, ya que tuvo la suerte de topar con un grupo de 5000 fugitivos que trataban de huir hacia los Alpes.

Pompeyo los aniquiló sin piedad y se apresuró a escribir al Senado diciendo que, aunque Craso había vencido a los gladiadores en batalla campal, él era quien había extirpado la rebelión por completo.

El pueblo romano le atribuyó a él la victoria sobre los rebeldes.

En total, la rebelión de Espartaco se saldó con la muerte de unos 150.000 esclavos y más de 10.000 legionarios.

¿Cuántos esclavos en total lograron escapar de los romanos a través de los Alpes? Se estima que unos 10.000, principalmente mujeres y niños.

Pese a la derrota de Espartaco, se siguieron produciendo fugas masivas de esclavos romanos a lo largo de toda la historia.

Tras las guerras serviles, el trato a los esclavos empezó a mejorar, y, de hecho, a lo largo de los años siguientes a muchos se les otorgó la libertad (un proceso conocido como manumisión) y se les concedió tierras en la península Itálica y en Sicilia, lo que logró evitar nuevos levantamientos.

En el imaginario romano, la figura de Espartaco acabó convertida en una especie de hombre del costal, un monstruo con el que asustar a los niños.

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